Geolocalización

Hace escasas semanas, durante el Mobile World Congress celebrado en Barcelona, el presidente de Google, Eric Schmidt, al referirse a los últimos avances de la telefonía móvil, afirmó que “ahora, nadie se pierde”. Aunque la frase no es del todo cierta, la verdad es que, si uno lleva un teléfono avanzado (smartphone) es casi imposible perderse. Basta con abrir la aplicación de mapas del móvil para saber al instante donde está uno y en qué dirección debe caminar para llegar a su destino. Detrás de todo hay un término nuevo, geolocalización, que oculta una de las áreas tecnológicas de mayor expansión en los últimos años. Administraciones, empresas y particulares recurren cada vez más a esta combinación de tecnologías.

Las posibilidades de la geolocalización son muy diversas. Según el Instituto Cartográfico Nacional, el 80% de la actividad humana requiere conocer su posición sobre un mapa. Unos 500 millones de personas en todo el mundo acceden hoy como usuarios habituales a servicios de geolocalización. La previsión es de crecimiento, puesto que faltan por incorporarse a esa cifra muchos países en desarrollo.

Si una administración quiere planificar la futura construcción de centros escolares puede combinar en una programa de ordenador los datos del censo con los mapas. Así sabrá donde hay una mayor concentración de niños en una ciudad y hasta saber en qué lugares de un barrio sería propicio construir nuevas escuelas.

En tiempo real, la geolocalización sirve también a los servicios de emergencia, que pueden detectar rutas rápidas para llegar a determinados lugares, vías de escape o los mejores puntos de acceso ante cualquier eventualidad en la que resulte esencial no sólo la rapidez, sino también la eficacia de la respuesta.

Si usted vive en una gran ciudad como Barcelona habrá podido comprobar en muchas paradas de autobuses cómo se indica – con bastante acierto– el tiempo en que tardará en llegar el próximo vehículo de una línea determinada. Y si tiene un smartphone, podrá acceder a esas mismas informaciones en la palma de su mano, sin necesidad siquiera de estar físicamente en la parada, lo que le permite ajustar el tiempo antes de salir a la calle.

Poder localizar cualquier objeto o dato sobre un mapa permite saber cuántas personas están en una manifestación, –o al menos cuántos teléfonos móviles se encuentran en esa concentración–. Ni siquiera es necesaria la localización por satélite GPS. Basta con detectar a qué antenas están conectados los teléfónos.

Los usos son muy variados. En el ámbito privado hay servicios como Google Latitude o Foursquare, que permiten localizar a las personas de una misma red social en una zona del mapa, y además combinar esos datos con servicios comerciales. Todo en tiempo real. O localizar sobre un mapa un móvil que se ha extraviado o que a uno le han robado.

Lluís Sanz, presidente del salón Globalgeo, que se celebrará la semana próxima en la Fira de Barcelona, observa que “un plan urbanístico es hoy practicamente imposible de aprobar, con la complejidad que tiene, sin estas nuevas herramientas”. “El conocimiento de dónde están todas y cada una de las actividades –explica Sanz–, nos permite saber las disfunciones que puede haber en los servicios”. Y hacer simulaciones en el ordenador para saber cómo pueden cambiar las cosas si aplica una solución concreta.

David Comas, socio-gerente de Nexus Geografics, señala que “cuesta mucho imaginar que hace sólo seis o siete años, esta tecnología estaba sólo en manos de técnicos”. Ahora se ha popularizado. Con la localización por mapas, asegura Comas, “con un poco de esfuerzo, se puede obtener mucho. Es como un supermercado de la abundancia”.

En el campo turístico, las aplicaciones son muy numerosas, aunque las más espectaculares son las de realidad virtual. Combinan en el móvil la localización por GPS, la brújula, el acelerómetro y la cámara de fotos para determinar hacia qué edificio o lugar concreto apunta el teléfono y añadir información adicional para el usuario en la pantalla.

El volumen de negocio del mercado de geolocalización en España fue de unos 5.800 millones de euros entre 1998 y el 2007, según datos de la Associació Catalana de Tecnologies de la Informació Geoespacial (Actig). En Catalunya, este sector en expansión emplea a unas 1.000 personas en puestos de alta cualificación.

Sanz apunta que, según algunos estudios, “el volumen de negocio que se puede generar por cada dato es del 1.000%, y en Estados Unidos se han creado aplicaciones a partir de datos públicos que han proporcionado un 4.000% de rentabilidad”.

La participación de las administraciones es esencial. Una de las referencias es el Institut Cartogràfic de Catalunya (ICC)  cuyo subdirector, Josep Lluís Colomer, admite que el interés por la información geográfica es constatable de una forma especial en los últimos años: “hay cierta presión. A mi entender, aquí las administraciones han respondido muy acertadamente”.  La colaboración entre los sectores públicos y privados ha sido esencial en el desarrollo de soluciones tecnológicas de este sector.

La información pública que elaboran instituciones como el ICC está al alcance no sólo de administraciones, sino también de empresas privadas y de usuarios particulares.

230 satélites en 10 años

Las necesidades de los servicios de posicionamiento geográfico han dado lugar a una explosión de los lanzamientos de satélites a corto y medio plazo. En los próximos 10 años está previsto que se lancen unos 230 nuevos satélites comerciales al espacio. Entre ellos no se cuenta ninguno de los meteorológicos, según un informe de Euroconsult. En Europa, la industria espacial da trabajo a unas 40.000 personas y sirve para crear unos 250.000 puestos de trabajo en otros ámbitos que están relacionados, como es el caso de la información geográfica. La observación de la Tierra desde el espacio es un sector en expansión.

Artículo de Francesc Bracero en La Vanguardia

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